El divorcio y la salud física y emocional de los hijos e hijas

Por Rolando Emmanuelli Jiménez, J.D., LL.M.

rolando@bufete-emmanuelli.com

Uno de los procesos más difíciles en la vida de un ser humano lo constituye el divorcio cuando la pareja ha procreado hijos. El proceso de divorcio afecta física y emocionalmente a los cónyuges, pero tiene un impacto más grave en los hijos e hijas.

El ordenamiento jurídico puertorriqueño cuenta con una serie de mecanismos y procedimientos judiciales que tienen el objetivo de resolver este tipo de controversias en la forma más justa, rápida y económica y de proteger el interés y bienestar de las partes y los menores de edad involucrados en el conflicto. Sin embargo, la naturaleza adversativa del proceso de divorcio que se desarrolla cuando una parte no está de acuerdo con divorciarse, en muchas ocasiones crea una serie de circunstancias que perjudican directamente el bienestar físico y emocional de los menores. 

Muchas veces las partes y sus representantes legales hacen del proceso de divorcio una guerra sin cuartel con el objetivo de destruir al adversario. Las partes no escatiman en el uso de los remedios y procesos judiciales con el objetivo de vindicar orgullos heridos o hacer reclamos económicos irrazonables. En estas batallas los menores siempre están entre la espada y la pared. En muchas ocasiones, lamentablemente a veces con el asesoramiento de abogados y abogadas, las partes utilizan a los menores como ficha o carta en el peligroso y difícil juego del divorcio. En muchas ocasiones, hasta los propios representantes legales pierden la perspectiva de que su deber en este tipo de trámite es garantizar el cumplimiento razonable de los derechos y las obligaciones de las partes y tener siempre como objetivo primordial el bienestar de los menores habidos en el matrimonio. 

Existen abogados y abogadas que cometen el grave error de involucrar a los menores de edad en el proceso judicial dándoles participación en las discusiones y en las estrategias legales de sus padres y madres. Cuando surge una agria controversia de divorcio es deber de las abogadas y abogados recomendar a sus representados el que busquen consejo psicológico para sus hijos e hijas. Cuando sea indispensable hacer reclamos vehementes de derechos de alguno de los cónyuges, deben hacerse en la medida de lo posible sin involucrar a los niños y niñas.

Los abogados y abogadas deben asesorar a sus clientes sobre las enormes ventajas de entrar en negociaciones que puedan dar fin al matrimonio sin perjudicar a los menores. Deben ser facilitadores en la solución de las controversias matrimoniales y no obstáculos en la solución justa y rápida de estos conflictos. 

En Puerto Rico se permite el divorcio por consentimiento mutuo conforme a lo resuelto en el caso Figueroa Ferrer vs. ELA, 107 DPR 250 (1978). Sin embargo, todavía es indispensable una reforma más abarcadora de nuestro derecho de familia que permita que los procesos no adversativos sean los procesos principales en la resolución de las controversias matrimoniales.

Actualmente se están desarrollando en Puerto Rico programas de negociación y mediación que son iniciativas muy importantes dentro del sistema de impartir justicia en Puerto Rico. Lamentablemente, estos mecanismos no son de entera aplicación a los casos de divorcio, porque el ordenamiento sobre esta materia todavía descansa fundamentalmente en la forma adversativa de hacer justicia. Debe hacerse una reforma jurídica que permita la utilización amplia de estos mecanismos para lograr la solución de las controversias matrimoniales en forma tal que no perjudiquen los mejores intereses de los menores de edad.

El proyecto del nuevo Código Civil pendiente de aprobación presenta adelantos en la dirección correcta pero hace falta que se aprueben cambios al ordenamiento procesal para que el trámite sea más ágil, sencillo y no adversativo. El norte del trámite del divorcio es que los cónyuges puedan obtener la libertad personal y rehacer su vida, pero sin perjudicar el bienestar de los menores.